Reflexión sobre el fenómeno del MoJo

Últimamente la palabra “democracia” está muy de moda. Ya sea bien o mal empleada, la palabra está en todas partes y, no es para menos, el concepto de democracia es la base de prácticamente todos los grandes estados de occidente que, durante años, se han llenado la boca haciendo alarde de sus sistemas democráticos. Pero, ¿qué pasa cuando la democracia se vuelve real, cuando los ciudadanos pueden participar directamente en la opinión pública?

Tradicionalmente, la opinión pública, ese escaparate de apariencias creado conjuntamente por gobiernos y medios, estaba monopolizada por estos dos actores que se encargaban de jerarquizar la realidad y hacer que supiéramos lo que ellos querían hacer saber. Con esto no quiero decir que no haya medios honestos, cuya finalidad última sea que la sociedad esté realmente informada. Los hay, pero, no nos engañemos, todo medio tiene ideología y línea editorial y por eso no es peor, simplemente hay que saber en la boca de qué lobo nos estamos metiendo.

A principios de siglo, un nuevo lobo se añadió a la manada. Un lobo llamado “internet”, que se acabaría comiendo a todos los demás. La revolución tecnológica cambió muchas cosas en los medios: desde las rutinas productivas hasta la manera de escribir que tenían los periodistas. La aparición de nuevas maneras de trabajar, como el llamado Mobile Journalism o MoJo, han permitido a los periodistas más inmediatez e independencia, ya que los profesionales de la información ya no dependen de cuándo se publica la siguiente edición del periódico para el que trabajan o de tener que desplazar con ellos una unidad móvil para cubrir una última hora.

No obstante, lo que más ha cambiado ha sido que, por primera vez en la historia, la ciudadanía tiene una voz activa e inmediata en los medios. La democracia se ha vuelto real, o eso parece.

¿Qué todo el mundo pueda expresarse es democracia? En la teoría sí, en el día a día sí, pero en los medios no.

Ya en la década de los 40, George Orwell habló del doble-pensamiento, de la capacidad que tienen todas las historias de tener dos caras, dos verdades. Nuestra época no difiere del momento en que Orwell escribió sobre el doble-pensamiento, de hecho, podríamos considerar que nos encontramos en la era del doble-pensamiento 2.0, algo que podríamos llamar “multi-pensamiento”. Cualquier opinión de cualquier ciudadano en cualquier parte del mundo puede ser recibida por cualquier otro ciudadano en cualquier otra parte del mundo. Esto, a priori, es bueno, es genial. La libertad de expresión hecha realidad. Pero, ¿qué pasa cuando esa libertad se utiliza para construir falsas realidades o informar sin veracidad y rigor?

La democratización de la información es positiva pero la información requiere también un tratamiento y unos filtros para que realmente contribuya a crear una opinión pública plural y democrática. Que alguien abra un blog para comentar sus últimas vacaciones está bien, pero que cualquiera pueda actuar como un medio de comunicación y publicar noticias sin una serie de valores periodísticos y éticos no es democracia, ni es información: es infoxicación.

Los ciudadanos son nuestra mejor fuente de información, porque, al fin y al cabo, nuestro trabajo empieza y acaba en ellos. No obstante, utilizarlos para que nos hagan el trabajo es perjudicial, para nosotros como periodistas (o futuros periodistas) y para ellos, que no se han formado para tratar la información como es debido.

El MoJo  plantea esta cuestión: la información está al alcance de la mano, pero no siempre tiene porque estar en las manos adecuadas.

Sin duda, es un tema complejo, como lo son todos los temas novedosos. Tiene sus pros y contras. Por ejemplo, que un periodista en México pueda informar al minuto de cómo se están llevando a cabo las labores de reconstrucción tras un terremoto es muy positivo, pero que cualquier desalmado sin ética ni humanidad cuelgue en Twitter un vídeo donde se ve a las víctimas del atentado de las Ramblas agonizando es, sin duda, algo que se tiene que evitar a toda costa.

 

Por Anna Utiel, Mª Dolors Surribas, Brenda Giacconi, Iván García y Alejandra Sanchez